(SEMESTRE: FEBRERO 2014 - JULIO 2014)
LECTURA 2, PARCIAL 1
Cuento sufí
Hace
muchos años, en una pobre aldea china, vivía un labrador con su hijo. Su único
bien material, aparte de la tierra y de la pequeña casa de paja, era un caballo
que había heredado de su padre. Un buen día el caballo se escapó, dejando
al hombre sin animal para labrar la tierra. Sus vecinos, que lo respetaban
mucho por su honestidad y diligencia, acudieron a su casa para decirle lo mucho
que lamentaban lo ocurrido. El les agradeció la visita, pero preguntó:
-¿Cómo
podéis saber que lo que ocurrió ha sido una desgracia en mi vida?
Alguien
comentó en voz baja con un amigo: “El no quiere aceptar la realidad, dejemos
que piense lo que quiera, con tal de que no se entristezca por lo ocurrido”.
Y los
vecinos se marcharon, fingiendo estar de acuerdo con lo que habían escuchado.
Una
semana después, el caballo retornó al establo, pero no venía solo: traía una
hermosa yegua como compañía. Al saber eso, los habitantes de la aldea,
alborozados porque sólo ahora entendían la respuesta que el hombre les había
dado, retornaron a casa del labrador, para felicitarlo por su suerte.
-Antes
tenías sólo un caballo, y ahora tienes dos. ¡Felicitaciones! -dijeron.
-Muchas
gracias por la visita y por vuestra solidaridad -respondió el
labrador-. ¿Pero cómo podéis saber que lo que ocurrió es una bendición en
mi vida?
Desconcertados,
y pensando que el hombre se estaba volviendo loco, los vecinos se marcharon,
comentando por el camino: “¿Será posible que este hombre no entienda que Dios
le ha enviado un regalo?”
Pasado
un mes, el hijo del labrador decidió domesticar la yegua. Pero el animal saltó
de una manera inesperada, y el muchacho tuvo una mala caída, rompiéndose una
pierna.
Los
vecinos retornaron a la casa del labrador, llevando obsequios para el joven
herido. El alcalde de la aldea, solemnemente, presentó sus condolencias al
padre, diciendo que todos estaban muy tristes por lo que había sucedido.
El
hombre agradeció la visita y el cariño de todos. Pero preguntó:
-¿Cómo
podéis vosotros saber si lo ocurrido ha sido una desgracia en mi vida?
Esta
frase dejó a todos estupefactos, pues nadie puede tener la menor duda de que el
accidente de un hijo es una verdadera tragedia. Al salir de la casa del
labrador, comentaban entre sí: “Realmente se ha vuelto loco, su único hijo se
puede quedar cojo para siempre y aún duda que lo ocurrido es una desgracia”.
Transcurrieron
algunos meses y Japón le declaró la guerra a China. Los emisarios del emperador
recorrieron todo el país en busca de jóvenes saludables para ser enviados al
frente de batalla. Al llegar a la aldea, reclutaron a todos los jóvenes,
excepto al hijo del labrador, quien tenía la pierna rota.
Ninguno
de los muchachos regresó vivo. El hijo se recuperó, los dos animales dieron
crías que fueron vendidas y rindieron un buen dinero. El labrador pasó a
visitar a sus vecinos para consolarlos y ayudarlos, ya que se habían mostrado
solidarios con él en todos los momentos. Siempre que alguno de ellos se
quejaba, el labrador decía: “¿Cómo sabes si esto es una desgracia?” Si alguien
se alegraba mucho, él preguntaba: “¿Cómo sabes si eso es una bendición?”
Y los
hombres de aquella aldea entendieron que, más allá de las apariencias, la vida
tiene otros significados.